Títol original: Shame
Direcció: Steve McQueen
Guió: Steve McQueen i Abi Morgan
País: Regne Unit, 2011
Durada: 97 minuts
Durant el 2011 ha rebut multitud de Premis al millor actor, millor director i millor pel·lícula estrangera
Sinopsi:
Escrito por Miguel A. Delgado
“Shame” ofrece una gran interpretación de Michael Fassbender y un tratamiento serio de la adicción al sexo que huye de moralinas e imposturas. La ausencia del actor entre los nominados al Oscar® resta credibilidad a estos premios.
Michael Fassbender va por buen camino. No
sólo por su cuidada elección de papeles, que le permiten demostrar su enorme
calidad como actor, y por saber equilibrar lo artístico con una acertada
concepción de lo comercial; también, en lo simbólico. Si Christian Bale resurgió como actor en “American Psycho” (Mary Harron, 2000) encarnando a un ejecutivo sin alma obligado
a llenarla cometiendo horrorosos asesinatos, Fassbender hace lo mismo con lo
que ya se ha convertido en una lacra, tal y como anda nuestra sociedad: la
adicción al sexo.



Pero son sólo momentos. Y no importa que algunos recursos para definir
al personaje —su impersonal piso sin un solo adorno, retrato de un hombre sin
referentes emocionales— sean un tanto fáciles, porque es el rostro de
Fassbender el que nos deja entrever el infierno interior de un hombre atrapado
por unos impulsos que sólo es capaz de seguir, y que hacen que sus sonrisas
tengan más de máscara estereotipada que otra cosa. Junto a él, su hermana no
menos desangelada, una estupenda
Carey Mulligan que borda siempre los papeles de chica a proteger, y cuyo personaje debe trampear cada día para conseguir una mínima razón para levantarse a la mañana siguiente.
Escrito por Jordi Revert
“Shame” explora la adicción con sobriedad, inteligencia y un portentoso Michael Fassbender. A través de planos secuencia, Steve McQueen estudia a un personaje prisionero de su cuerpo, en un trabajo que sólo al final peca de exceso dramático.En “El Casanova de Fellini” (Federico Fellini, 1976), el cineasta italiano utilizaba la metáfora de un pájaro mecánico para apuntalar su versión del personaje: el célebre amante veneciano entonces
interpretado por Donald Sutherland era descrito como un hombre condenado a una seducción automática, el acto sexual repetido hasta la oxidación sin posibilidad de reinvención en una Venecia fantasmal y de cartón-piedra. En los primeros minutos de “Shame” (ver tráiler y escenas), asistimos a la rutina de un adicto al sexo día tras día, mientras el tema que Harry Escott le dedica en la banda sonora activa de nuevo esa sensación de hastío que acompaña a la repetición, a los primeros apuntes de un hombre preso de una sexualidad incontrolada que es capaz, en un juego de infidelidad entre miradas, de pasar en pocos minutos de la atracción a la insistencia casi acosadora.
Explicaba Steve McQueen, director de “Shame”, en una entrevista, que su película establecía una relación con su primer trabajo, la espléndida “Hunger” (2008): si en aquella Michael Fassbender era un recluso del IRA que utilizaba la huelga de hambre y por tanto, sus propios límites físicos como arma política con la que trascender las paredes de su celda, aquí el mismo Fassbender —brillante, medido en el catálogo de desequilibrios, resistencias y excesos del adicto— interpreta a un personaje atrapado en la prisión de su cuerpo. El feliz díptico propone, pues, al
todavía incipiente cine de McQueen como una exploración inteligente de la anatomía y su diálogo con el espacio, aquí dominado por el vacío y los escenarios diáfanos, el lienzo —o la sábana— en blanco como sinónimo del deseo anulado y la mirada viciada. Los largos planos secuencia en los que el realizador tanto filma la silenciosa andadura de su protagonista como el diálogo incómodo de una cita no son sino eso, muestras de una gramática en la que el plano sostenido nos permite ser espectadores de los sentimientos en transformación de esos
cuerpos que desfilan a salvo de un enfoque moral de parte de la narrativa, pero no de la de un mundo que les obliga a transitar entre la desesperación, la impotencia y, finalmente, la vergüenza.
En un momento clave de la historia, el primer conato de sexo entre Brandon (Fassbender) y una compañera de trabajo que representa la redención en la forma del compromiso sentimental, revela la incapacidad emocional del primero mediante las diferentes e irreconciliables velocidades del coito. La impecable escena —de nuevo sin corte, sin posibilidad al montaje— sintetiza como ninguna otra el sentido de la obra e ilustra el ejemplar tratamiento del tema de parte de una película que, en su último y menos consistente tramo, prefiere sustituir la sobria soledad del adicto por el exceso dramático del corredor de fondo de la adicción.
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