27 ene. 2013

SHAME



Títol original: Shame
Direcció: Steve McQueen
Guió: Steve McQueen i Abi Morgan
País:  Regne Unit, 2011
Interpretació: Michael Fassbender, Carey Mulligan, James Badge Dale, Nicole Beharie, Hannah Ware
Durada: 97 minuts
Versió: original subtitulada en castellà
Calificació: No recomanada a menors de 18 anys (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte) 

Durant el 2011 ha rebut multitud de Premis al millor actor, millor director i millor pel·lícula estrangera 

Sinopsi:
A Shame coneixerem Brandon, un home de trenta i tants anys, atractiu, elegant, impecable que té una bona feina i viu en un confortable apartament a Nova York. I és addicte al sexe. Però el ritme metòdic i ordenat de la seva vida es veu alterat per la imprevista arribada de la seva germana Sissy, una noia rebel i problemàtica. La seva presència explosiva portarà Brandon a perdre el control sobre el seu propi món i ho trastocarà tot. Tot.


Escrito por Miguel A. Delgado

“Shame” ofrece una gran interpretación de Michael Fassbender y un tratamiento serio de la adicción al sexo que huye de moralinas e imposturas. La ausencia del actor entre los nominados al Oscar® resta credibilidad a estos premios.

Michael Fassbender va por buen camino. No sólo por su cuidada elección de papeles, que le permiten demostrar su enorme calidad como actor, y por saber equilibrar lo artístico con una acertada concepción de lo comercial; también, en lo simbólico. Si Christian Bale resurgió como actor en “American Psycho” (Mary Harron, 2000) encarnando a un ejecutivo sin alma obligado a llenarla cometiendo horrorosos asesinatos, Fassbender hace lo mismo con lo que ya se ha convertido en una lacra, tal y como anda nuestra sociedad: la adicción al sexo.



“Shame” (ver tráiler y escenas) arranca con un tema musical de Harry Escott que parece una mezcla del mítico de Hans Zimmer para “La delgada línea roja” (Terrence Malick, 1998) y del arrasadoramente triste Jon Brion de “Magnolia” (Paul Thomas Anderson, 1999), y desde el principio puntúa un retrato más de la adicción, un tema recurrente en la historia del cine que ha propiciado algunas de sus mejores obras. También solía ser una vía para las nominaciones a los premios, pero curiosamente, en este caso, Fassbender se ha quedado fuera de unos Oscars® que han perdido credibilidad, al menos en el apartado interpretativo, desde que han desdeñado al Leonardo DiCaprio de “J. Edgar” (Clint Eastwood, 2011) y al Ryan Gosling de “Drive” (Nicolas Winding Refn, 2011). El sexo, tan presente en los mentideros de Hollywood, no interesa cuando se aborda en una gran pantalla. O al menos, cuando se hace con seriedad, huyendo de moralinas e imposturas.

Porque si algo consigue Steve McQueen es introducirse en la rutina de su protagonista sin juzgarle, sin concesiones. Uno difícilmente sentirá simpatía por él, porque asiste impotente a cómo deja escapar entre los dedos la posibilidad de enderezar sus pasos vacíos, presa de la necesidad de insuflarse una falsa intensidad como única vía para construir un simulacro de vida. Y como tantos adictos, él también quiere dejarlo, y tira en un ataque repentino toda su colección de revistas, sus juguetes sexuales o su portátil lleno de pornografía.

Pero son sólo momentos. Y no importa que algunos recursos para definir al personaje —su impersonal piso sin un solo adorno, retrato de un hombre sin referentes emocionales— sean un tanto fáciles, porque es el rostro de Fassbender el que nos deja entrever el infierno interior de un hombre atrapado por unos impulsos que sólo es capaz de seguir, y que hacen que sus sonrisas tengan más de máscara estereotipada que otra cosa. Junto a él, su hermana no menos desangelada, una estupenda 


Carey Mulligan que borda siempre los papeles de chica a proteger, y cuyo personaje debe trampear cada día para conseguir una mínima razón para levantarse a la mañana siguiente.
McQueen retrata la rutina de un aparente triunfador, una condición que, en realidad, apenas tiene importancia: al fin y al cabo, no llegamos a saber nada sobre la empresa del personaje de Fassbender, quizá como símbolo de que muchos trabajos actuales difícilmente sirven para construir una personalidad, pues sus resultados ni siquiera son palpables para dar la satisfacción de lo bien hecho. No obstante, entre la sordidez puede asomar un atisbo de rara belleza, como el echar a correr a horas intempestivas por el corazón de Nueva York, la gran ciudad que acoge en su seno todas las actitudes, todas las ansias, todas las ambiciones. Una ciudad que, sin embargo, puede ser cualquier otra. Y es que, si indagáramos en las cabezas de nuestros compañeros de viaje en un vagón de metro, sentiríamos a buen seguro cómo se resquebraja el suelo bajo nuestros pies.


Escrito por Jordi Revert

“Shame” explora la adicción con sobriedad, inteligencia y un portentoso Michael Fassbender. A través de planos secuencia, Steve McQueen estudia a un personaje prisionero de su cuerpo, en un trabajo que sólo al final peca de exceso dramático.

En “El Casanova de Fellini” (Federico Fellini, 1976), el cineasta italiano utilizaba la metáfora de un pájaro mecánico para apuntalar su versión del personaje: el célebre amante veneciano entonces
interpretado por Donald Sutherland era descrito como un hombre condenado a una seducción automática, el acto sexual repetido hasta la oxidación sin posibilidad de reinvención en una Venecia fantasmal y de cartón-piedra. En los primeros minutos de “Shame” (ver tráiler y escenas), asistimos a la rutina de un adicto al sexo día tras día, mientras el tema que Harry Escott le dedica en la banda sonora activa de nuevo esa sensación de hastío que acompaña a la repetición, a los primeros apuntes de un hombre preso de una sexualidad incontrolada que es capaz, en un juego de infidelidad entre miradas, de pasar en pocos minutos de la atracción a la insistencia casi acosadora.

Explicaba Steve McQueen, director de “Shame”, en una entrevista, que su película establecía una relación con su primer trabajo, la espléndida “Hunger” (2008): si en aquella Michael Fassbender era un recluso del IRA que utilizaba la huelga de hambre y por tanto, sus propios límites físicos como arma política con la que trascender las paredes de su celda, aquí el mismo Fassbender —brillante, medido en el catálogo de desequilibrios, resistencias y excesos del adicto— interpreta a un personaje atrapado en la prisión de su cuerpo. El feliz díptico propone, pues, al
todavía incipiente cine de McQueen como una exploración inteligente de la anatomía y su diálogo con el espacio, aquí dominado por el vacío y los escenarios diáfanos, el lienzo —o la sábana— en blanco como sinónimo del deseo anulado y la mirada viciada. Los largos planos secuencia en los que el realizador tanto filma la silenciosa andadura de su protagonista como el diálogo incómodo de una cita no son sino eso, muestras de una gramática en la que el plano sostenido nos permite ser espectadores de los sentimientos en transformación de esos
cuerpos que desfilan a salvo de un enfoque moral de parte de la narrativa, pero no de la de un mundo que les obliga a transitar entre la desesperación, la impotencia y, finalmente, la vergüenza.
En un momento clave de la historia, el primer conato de sexo entre Brandon (Fassbender) y una compañera de trabajo que representa la redención en la forma del compromiso sentimental, revela la incapacidad emocional del primero mediante las diferentes e irreconciliables velocidades del coito. La impecable escena —de nuevo sin corte, sin posibilidad al montaje— sintetiza como ninguna otra el sentido de la obra e ilustra el ejemplar tratamiento del tema de parte de una película que, en su último y menos consistente tramo, prefiere sustituir la sobria soledad del adicto por el exceso dramático del corredor de fondo de la adicción.

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